POEMA
PARA
UNA
MUJER
AMARILLA
EN
TRES
MOMENTOS.
EL
COMIENZO.
Ella
era
una
de
esas
apariciones
molestas
en
la
sala
su
sonrisa
llena
de
soberbia,
sus
pasos
extranjeros
y
sus
ojos
de
un
color
nocivo
y
viciado
despertaban
los
gestos
de
los
habitantes
sobre
las
nueve
de
la
mañana.
Se
quitaba
las
gafas
y
su
mirada
de
niña
de
cuento
de
hadas
acariciaba
los
rostros,
hacía
una
radiografía
de
los
cuerpos
besaba
una
que
otra
mejilla
cercana
y
posaba
sus
nalgas
sobre
la
silla.
Era
molesto
todo
ese
ritual
de
girasol
altivo
de
luna
llena
en
noche
de
oscura
soledad
de
grillos
se
paseaba
quieta,
inmóvil
entre
todos.
Hablaba
y
sus
palabras
contenían
un
halo
de
silencio
un
aliento
de
existencia,
una
sonrisa
sin
diente.
Pensaba
en
todo
y
en
nada
al
mismo
tiempo;
le
daba
lo
mismo
llegar
tarde
o
temprano,
que
le
iba
a
importar
la
existencia
de
otros
si
ella
era
los
otros.
Esos
otros
para
ella,
eran
unos
muñecos
que
hablaban
con
ella.
Sí
era
una
niña
coqueta,
vanidosa
y
malcriada.
LA
MITAD.
Quién
podía
imaginar
que
la
soberbia
de
su
sonrisa
iba
a
cambiar
de
un
momento
a
otro,
o
por
lo
menos
la
percepción
de
esa
sonrisa.
Y
sí,
cambió
la
percepción.
Gracias
a
un
café
a
las
diez
de
la
mañana
en
el
lugar
menos
romántico,
menos
agradable
para
hablar
de
la
vida,
si
es
que
hay
un
lugar
agradable
para
ello.
Ella
habló
de
su
niñez,
de
su
barrio,
que
había
crecido
en
medio
de
la
nada.
Ella
era
como
las
plantas
que
se
nutren
del
suelo
oscuro,
del
lodo
pero
transforman
los
nutrientes
al
florecer,
sí
ella
florecía,
por
eso
su
vanidad
y
su
orgullo.
Un
café
bastó
para
amarla
como
la
raíz
que
era,
como
esa
flor
oscura,
como
ese
pétalo
negro,
como
esa
noche
de
tormenta
como
ese
huracán
sin
rumbo.
Y
entonces
el
diálogo,
las
conversaciones
a
medias,
las
miradas
desviadas,
las
presencias
sin
lugar,
las
insinuaciones
viajeras.
Del
allí
al
aquí
y
del
aquí
a
no
sé
dónde,
las
palabras
fueron
eso:
palabras.
Y
ellas
construían
avenidas
de
diálogo
por
donde
la
voz
transitaba
a
media
noche
a
alta
velocidad
sintiendo
el
vértigo
del
desenfreno
de
dos
conversadores,
que
se
regalaban
flores,
sueños,
aventuras
y
otras
tantas
cosas
en
palabritas
decoradas
de
insomnio,
en
frases
cubiertas
con
miel,
en
oraciones
escritas
con
viento
y
saliva.
EL
FINAL.
El
camino
no
existe
piensa
machado
yo
creo
que
el
tiempo
tampoco
existe,
si
no
hay
camino
para
el
caminante,
entonces
no
hay
tiempo
para
los
hablantes,
para
los
que
conversan
de
todo
los
que
ríen
de
todo,
los
que
aman
de
todo
y
los
que
sueñan
con
todo.
El
final
es
un
acto
o
un
lugar.
¿qué
es?
Las
palabras
no
finalizan
al
ser
pronunciada,
y
ella
es
una
palabra
yo
soy
una
palabra
que
escribe
palabras.
Ella
nació
un
día
y
morirá
otro,
sin
embargo,
ese
no
es
un
final
yo
morí
un
día
y
nací
otro,
que
va,
eso
es
un
artilugio
del
tiempo
un
sortilegio,
un
hechizo,
una
brujería
que
nos
ubica
aquí
y
ahora,
la
pronuncio
y
está
latente
y
lactante,
carne
y
huesos.
La
pronuncio
y
la
sueño
entre
libros
desnuda
como
una
crisálida
la
pronuncio
y
vuela
a
mí
como
un
halo
de
respiro
la
pronuncio
y
las
bisagras
de
la
puerta
hacen
un
eco
con
ella,
me
sueña
y
existo
en
ella,
le
robo
su
cama,
la
desplazo
a
otro
lugar
me
sueña
y
me
arroja
a
un
abismo,
me
aleja
de
ella,
me
acerca
a
ella
porque
ella
es
el
abismo.
El
final
no
existe,
los
dos
no
queremos
que
haya
un
final
que
uno
sea
la
contingencia
del
otro,
la
inmanencia
del
otro.
Me
ríe,
me
río,
se
ríe,
nos
reímos,
y
todo
vuelve
a
comenzar
en
un
eterno
retorno
de
dos
niños
pérdidos
en
un
laberinto
de
soles.